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UN MUNDO DE PROTECCIÓN DE LOS BUITRES

jueves, 14 de febrero de 2013

NOTICIARIO-TODO SOBRE BUITRES

FOTOGRAFIA: JOSÉ MIGUEL GRANDE GUTIERREZ


www.elmundo.es

POR SU ASPECTO ENSANGRENTADO Y SUS POCO EDUCADAS MANERAS de comportarse, se diría que los asistentes a este banquete campestre son asesinos a sueldo o carniceros profesionales. Tal vez cirujanos sin título realizando unas prácticas ilegales. Nada más lejos de la realidad. Se trata de una inocente merienda de los miembros del servicio de limpieza medioambiental, un centenar de buitres leonados que se empeña en realizar su trabajo a conciencia.
Hace sólo unos minutos, al amanecer, sobrevolaban los cortados que encauzan el río Riaza, muy cerca de Montejo de la Vega (Segovia). Han aprovechado las cálidas corrientes térmicas para elevarse por encima de un paisaje escarpado y rocoso. Parecían cometas de seda enganchadas a las nubes. De repente, como si los hubiese alcanzado un disparo, plegaron sus alas, torcieron sus cuellos, extendieron las patas hacía adelante e iniciaron una brusca trayectoria descendente: cayeron sobre el muladar como embrutecidos paracaidistas. Apiñados junto al cadáver de una raquítica yegua, se sumergieron en un sonoro batiburrillo de sangre, plumas, visceras y esquirlas de hueso. Ni respetan las colas ni ceden el paso a familiares y amigos. Se picotean, empujan, golpean y arrastran como animales. Saltan lateralmente como luchadores de sumo y balan como corderos excitados. Desde la llegada del primer carroñero apenas han pasado 20 minutos, y ya son más de cien los comensales. Los que formaban el grupo de avanzadilla buscan ahora las partes blandas de la correosa caballería. Meten sus cuellos pelados por la boca, arrancando los labios y la lengua, y por el recto, destrozando los intestinos. Uno picotea las ubres hasta romperlas. Otro vacía el ojo derecho con una certera succión. Dos cuervos esperan, a pocos metros del cadáver, los restos orgánicos que salen despedidos por el fragor de la batalla.
En muy poco tiempo, el fúnebre cortejo cambia de aspecto. Deja de ser una asamblea de basureros para convertirse en un sínodo de enterradores. El rojo de la sangre tiñe la gorguera de plumón blanco que rodea sus pelados gañotes. Las alas, de casi tres metros de envergadura en el caso de los buitres negros, presentan síntomas de deterioro. Los más fuertes, ya con los buches repletos, sestean al sol. Los más débiles, aún hambrientos, rebañan los tendones y husmean en los huesos quebrados. El muladar, un merendero para buitres en el que los humanos depositan los cadáveres de sus animales domésticos muertos, parece un campo de batalla, el escenario donde se desarrolla la escena final de una película medieval. Quijadas de caballos clareadas por el agua, el viento y el sol, esqueletos de burros casi completos, cráneos de cabras con incipientes cornamentas, articulaciones de gorrinos incapaces de pasar los controles de triquinosis, un profundo olor a muerte y desolación...
RECUPERACIÓN Los buitres leonados son noticia en España porque se trata de una de las pocas especias animales que han duplicado su número en los últimos diez años. De las 8.000 parejas censadas en 1989 se ha pasado a las más de 16.300 actuales. Una excelente noticia para conservacionistas, ornitólogos, ganaderos y, en general, para todos los amantes de la naturaleza salvaje. Perseguidos durante décadas por alimañeros y cazadores, considerados aves de mal agüero por campesinos, los buitres dejaron de reinar por los cielos ibéricos a partir de los años 60. Ahora podemos incluso exportar parejas a los países europeos que no tienen tanta suerte para que intenten reintroducirlos en lo que fueron sus hábitats naturales.
"Hace 30 años, los buitres eran abundantísimos en España", escribía Félix Rodríguez de la Fuente en 1971. "El ganado de labor y los rebaños de ovejas les ofrecían el suficiente alimento para mantener sus prósperas colonias, que constituían una verdadera policía sanitaria de los campos españoles", continuaba. "Más tarde, su estrella comenzó a declinar, porque la maquinaria sustituyó al animal doméstico, y entre algunos desalmados cazadores se puso de moda disparar con sus rifles sobre estos inofensivos y beneficiosísimos carroñeros".
El célebre naturalista ignoraba que con el paso del tiempo aumentarían los enemigos de tan beneficioso carnicero. Y es que en demasiados cotos de caza se utiliza todavía el veneno para acabar con los depredadores, desde zorros a rapaces, que se consideran enemigos naturales de especies cinegéticas como las perdices y los conejos. Los buitres, en su intento por llevar hasta el final su trabajo, comen los cadáveres envenenados con estricnina y derivados, y sufren su misma suerte. Algunos ejemplares, generalmente jóvenes con poca experiencia, acaban sus días estrellándose contra líneas eléctricas o molinos de energía eólica. Otros no llegan ni siquiera a nacer: por un lado, desaprensivos coleccionistas de huevos arrebatan a los padres lo que tras unos 50 días de incubación se convertiría en su cría. Por otro, las molestias de turistas, escaladores o cazadores en las áreas de nidificación, esos cortados salvajes donde instalan las colonias de buitres sus nidos, les obligan a abandonar su tarea reproductora en muchas ocasiones.
ATACAN LOS BUITRES El último atentado contra su integridad física pudo llegar como consecuencia de una absurda noticia. "La superpoblación hace de las suyas: atacan los buitres", rezaba la portada de la revista de la Federación Española de Caza de enero de 1997. "La rebelión de los buitres", pudo leerse el 29 de abril del mismo año en el diario La Vanguardia. "La ciencia ha descubierto un grupo de buitres, animales carroñeros por excelencia, atacando y matando animales vivos", continuaba diciendo ese diario, promotor de una peregrina idea de cambios en el comportamiento de estas rapaces. Sugerían que ante la formidable explosión demográfica de la especie en Navarra, los buitres leonados habían cambiado sus milenarios hábitos y comenzaban a atacar a las ovejas vivas. Los pastores rápidamente se pusieron de su lado, dispuestos a cobrar cuantas indemnizaciones fuese necesario: desde entonces se han presentado decenas de denuncias, aunque sólo se han pagado 80 casos. Seguramente demasiados. "Las noticias divulgadas en la prensa sobre un supuesto y repentino cambio de conducta en los buitres leonados, apoyadas por una burda experimentación seudocientífica, le han convertido en chivo expiatorio de los intereses confluyentes de ciertos gremios, siempre muy dispuestos a pescar en río revuelto", escribió Francisco J. Purroy, entonces presidente de la Sociedad Española de Ornitología (SEO-Birdlife) en el numero 98 de su revista La Garcilla (1977).
"Lo que no cuenta el periódico catalán es que esta oveja (la utilizada en su reportaje), vieja y con la pata trasera descoyuntada, fue atada mediante una cuerda de 50 centímetros en un pastizal en el que las rapaces habían devorado carroña de cordero", continúa Purroy. "Tras seis días de espera, y previa colocación el sexto día de una oveja muerta al lado de la oveja cebo, hecha polvo por su herida, la sed y el amarre, bajan 70 buitres y devoran la muerta y la viva. Otra oveja viva, vigorosa y atada con un ramal de siete metros, respondió a la cercanía de buitres posados moviéndose, sin riesgo de ser agredida, según la pauta esperable en una oveja sana".
Los buitres no fueron diseñados para matar. Sus garras han perdido gran parte de su función prensil, y sus uñas carecen de vigor. No lograrían retener a un animal sano. Además, por su tamaño y su forma de volar son incapaces de sorprender a esa posible pieza. Y su recio pico, capaz de rasgar duras pieles y romper huesos, no tiene la mortal curvatura de los picos de águilas y halcones. Son, eso sí, máquinas de desgarrar perfectas. Trituradoras capaces de engullir tantos kilos de carne en una sola sentada como para no poder levantar el vuelo en horas. Buches todopoderosos dispuestos a digerir carnes en cualquier fase de putrefacción.
Los buitres leonados tienen una envergadura de 2,5 metros, pesan entre 8 y once kilogramos y son capaces de alejarse más de 50 kilómetros de la colonia en busca de carroña para alimentarse. Antiguamente se hablaba de su fino olfato, capaz de localizar animales muertos a decenas de kilómetros. Hoy sabemos que lo realmente prodigioso es su vista, sentido con el que pueden localizar los nerviosos vuelos de los pequeños corvidos, que son quienes realmente localizan los cadáveres. Cuando no tienen suerte en sus vagabundeos aéreos, o cuando las condiciones climáticas les resultan demasiado adversas, pueden someterse a dos o tres semanas de involuntario ayuno.
La puesta de los buitres leonados es generalmente de un sólo huevo, que mide unos 92 por 71 milímetros y se incuba entre 47 y 55 días. El pollo permanece en el cantil que hace de nido, alimentado por sus padres, alrededor de dos meses. Y si el veneno, el plomo o los cables no se cruzan en su camino, pueden vivir hasta 30 años.
LIBERACIÓN Antes se le acusaba de saquear tumbas. Ahora, de algo que les resulta tan biológicamente imposible como matar . En el siglo XV les consideraban visionarios, capaces de seguir el rastro de los ejércitos y de adivinar con días de anticipación dónde se iban a producir sangrientos combates. El escritor británico, nacido en Bombay, Rudyard Kipling, dijo que "tenían la muerte escrita en el rostro". Los viajeros románticos les tirotearon por toda Iberia en nombre de la ciencia. "Sin perder un segundo disparé el primer cañón y el ave cayó, precipitándose hacia el valle. Disparé el segundo cañón. Haciendo otro esfuerzo, abrió sus alas, voló unos centenares de metros y, entonces, remontándose un poco, juntó sus alas y cayó muerto, rodando ladera abajo sobre la pedriza", escribió el príncipe austriaco R. Crown tras matar un quebrantahuesos en Sierra Nevada, en 1889.
Los budistas zen de Chungdu, en el Tíbet, aún utilizan a sus buitres como colaboradores en un rito funerario al que llaman funeral para nacer. Abandonan el cuerpo de sus difuntos en una montaña, que equivaldría a nuestros muladares, para que los carroñeros se alimenten con ellos, liberen al espíritu de su aventura carnal y, de esa manera, puedan acceder a la gloria paradisíaca del alma. El buitre vive gracias a su carne, dicen, y gracias a él es posible la liberación de sus almas.
Lo que en el Tíbet es un animal totémico en España era hasta hace poco un ser marginado, un perdedor. Maestros del aire, los buitres leonados han logrado recuperar el pulso gracias al crecimiento de la cabaña ganadera, la creación de muladares y el control por parte de la Administración y las organizaciones ecologistas de venenos y escopeteros. El estudio y la investigación nos hacen ver al buitre como un desinteresado colaborador y no como un siniestro enviado de la muerte.
El III Censo Nacional realizado por la Sociedad Española de Ornitología (SEO-Birdlife) habla de entre 16.322 y 16.590 parejas de buitre leonado en la Península Ibérica. Navarra alberga la mayor población con más de 2.000 parejas, seguida por las provincias de Huesca y Teruel con más de 1.500, Burgos con 1.400 y Cádiz con 1.300. Con respecto al anterior censo, realizado en 1989, los lugares que ha registrado un mayor aumento han sido el País Vasco (400%), Madrid (295%), Tarragona (289%) y Ávila (260%). Sólo en Málaga parece haberse registrado un ligero descenso poblacional.
El leonado es el más abundante de los buitres ibéricos, pero no el único. Comparte los cielos de la Península con otras tres especies bien diferentes: el buitre negro, el alimoche y el quebrantahuesos. Ellos no tienen tanta suerte. Las tendencias de sus poblaciones siguen a la baja. Los especialistas nos recuerdan que se ha ganado una batalla, pero no la guerra por la conservación. Ajenos a las luchas terrestres, los dueños del cielo siguen volando en círculos, buscando nuevos cadáveres, recordándonos que todavía existe una Península Ibérica salvaje y libre.
Javier Pérez de Albéniz-magazine
http://www.elmundo.es/magazine/m12/textos/buitres1.html

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